Mientras duermo, estoy o voy soñando algo insólito, una rareza en toda la regla; que asisto, atenta, selectamente invitada, al rodaje de una película, “Zorra”, en la que Sofía, por fin, hace de Sofía, o sea, no finge, ni interpreta un papel, sino que actúa tal cual es ella en la realidad del día a día. Según una de las copias del guión, que sostengo con mis manos, éste es el diálogo sui géneris de la próxima escena:
—(Marian, hipocorístico de María de los Ángeles, que está sentada en el sofá de su casa, hojeando/ojeando una revista rosa, escucha cómo suena la melodía de su móvil, la cantata “Carmina burana”, de Carl Orff, comprueba que quien le llama es Sofía, pulsa el “yes” y dice)Dime, preciosa.
—¿? (El espectador no escucha lo que le contesta su interlocutor/a).
—Sí; por supuesto; claro que soy su amiga Marian.
—¿?
—No te conozco, pero sé lo principal, que has dirigido varios cortos y eres el actual novio de Sofía. ¿Qué le ha pasado a ella, Javier? ¿Por qué me llamas desde su móvil?
—¿?
—Pues te ha dicho la verdad. Sofía sólo miente cuando interpreta. Puedes estar seguro de que es clara como quien más. Es de las que les gusta llamar pan al pan y vino al vino. Mira, Javier, no obstante yo me considero una lesbiana cien por cien, me consta que Sofía es bisexual.
—¿?
—Te parecerá una bagatela o, si lo prefieres, una nadería, pero, para mí, que la conozco desde el instituto, cuando echamos nuestro primer “kiki”, vulgo, polvo, es un orgullo que la ganadora, entre otros galardones cinematográficos, de una Concha de Plata, un Goya y un Oscar, con tan sólo veintiocho años, y éstos recién cumplidos, acuda a mi vera cada vez que quiera follar como Dioniso/Eros y Safo mandan, quiero decir, experimentar un orgasmo múltiple, encadenado.
Me despierta, por así decirlo, un doble pipí, el sonido penetrante de la alarma de mi radio-despertador y las ganas de evacuar mi vejiga, que está tan llena que amenaza con reventar. Me levanto como una centella del lecho y acudo como el rayo al baño, donde, por las prisas, levanto la tapa y el asiento y micciono, plácidamente sentada, sobre la fría taza del inodoro (vocablo inapropiado donde los haya, porque, aunque el de mi casa, por ejemplo, huele a limpio, a pino, los de la mayoría de los bares de Algaso, verbigracia, cantan a tigre enjaulado y son tan nauseabundos sus hedores que tiran para atrás). Desde el quicio de la puerta (de entrada a la habitación) compruebo, en una rauda panorámica, que las bragas y los “dildos” quedaron encima de la mesilla de noche. Las chancletas, los vaqueros, las camisetas y los sostenes permanecen donde cayeron anoche al buen tuntún, sobre el parqué, si Ágata, buena pieza, no ha vuelto a hacer de las suyas, a jugar con nuestras prendas.
En la parte derecha de la cama se halla una diosa, Sofía, tumbada de costado, que continúa durmiendo a pierna suelta. Disfruto un montón, la repanocha, tanto como un empedernido y redomado mirón, observando, embelesada, extasiada, cómo sigue en los brazos de Morfeo. No seré yo quien me censure ni reprenda a mí misma la mirada deseada, deseante y deseosa que mantengo y gasto en el gesto, pero no me extrañaría un pelo que cualquier lector o lectora de estos renglones torcidos coligiera lo incontrovertiblemente cierto o verídico del caso en cuestión, que en mi mirada cabe identificar claros matices sucios, soeces, salaces.
Sin llegar a traspasar el umbral, vuelvo sobre mis pasos y entro de nuevo en el baño, donde me doy una ducha rápida. Me seco el pelo en un santiamén (lo llevo corto, a lo garçon), cubro mi anatomía desnuda con el albornoz beis y voy a la cocina, donde hago café. Cuando regreso al nido de amor, porto una taza de humeante café con leche, levemente azucarado, en la diestra. A la sazón, Sofía está sentada sobre la cama, desperezándose y, gracias al chivato (así llamo al espejo que hay en la parte interior de la puerta izquierda del armario, que ha quedado abierta), veo cómo bosteza.
—No te hagas falsas ilusiones, Marian (me dice, tras haber gruñido un buenos días, al percatarse de mi presencia). Te lo he repetido mil veces. Lo nuestro es sexo; sólo sexo; nada más que sexo.
—Yo te adoro, Sofía.
—Pues yo jamás he estado enamorada de ti; y aún te diré más, nunca me he sentido atraída por ti (me espeta, de manera borde, arrastrando las palabras, con voz ronca, mientras se rasca sin pudor el “nete” —así llama ella a su velludo triángulo de Venus—).
—¡Qué melosa rosa eres por la noche y qué desabrida perla per la matina, Sofía (le reprocho en un tono amalgamado, mitad cariño, mitad enojo)!
Tras vestirse la misma ropa que llevaba anoche y calzarse, me arrebata la taza, le da un sorbo a mi “olé” (del francés café au lait), masculla un hostias, me quema los labios y se las pira, dando el primer portazo matutino del domingo, golpe que retumba en las tres plantas del edificio, en cuyo entresuelo, izquierda, vivo sola, con mi gata.
Cuando Ágata, mi felina compañera, mi minina señera, huele que la necesito, acude solícita a mi lado y ronronea. Si supiera interpretar lo que dicen sus ojos, comprendería qué me larga Giacomo Girolamo Casanova, anterior reencarnación de mi gata de Angora, con su mirada: me echa en cara que sea una egoísta de tomo y lomo, porque, amén de tener sexo con una modelo y actriz de postín, una mujer de bandera, deseada tanto por una legión de hombres como por otra de hembras, pretendo lo que, para él/ella, ya sería el colmo de los colmos, el súmmum, que me quiera.
Autor:
Ángel Sáez García