miércoles

Kinder sin sorpresa


Irónico, pensé. Todo el mundo mirando, sin ningún escrúpulo y con total indiferencia. Soy consciente de qué deben estar pensando; una tía con vestido gris mini, tacones, enormes gafas de sol, una cojera del lado derecho asimétrica y un andar típico de alguien que ha recorrido medio Madrid montada a caballo. Sí, míralos. Sus caras delatan qué pasa por sus mentes. Hasta los ojos del angoleño que vende La Farola en la puerta del Rodilla me dice lo mismo: ¡Esa pedazo de zorra se ha dado una orgía de órdago!, ¡la muy puta no puede ni caminar con las piernas cerradas!
Qué sabrán ellos. El descaro ajeno acongoja. Seguiré tratando de llevar mi inerte y dolorido cuerpo a la consulta del ginecólogo, sin mirarlos. Ha pasado una hora. Una hora para recorrer 100 metros; los justos desde el Paseo de la Castellana hasta la calle Velázquez. Mi rostro descuartizado de dolor habla por sí solo. Sí. No puedo apenas cerrar las piernas. El nuevo alien que habita mi entrepierna me fulmina a cuchilladas el interior de la vagina con cada paso que doy. A nadie le importa la razón de mi angustia, sólo el morbo de un motivo. ¿Y si acabara de violarme un regimiento?, ¿esas son las caras de auxilio que recibiría?
Al fin, he llegado a la consulta. Para nada. No puede ayudarme y me envía directamente a urgencias. Necesito un quirófano; pero YA. Gracias a que llegó mi hombre, no podía más. Llegamos al hospital. Eso sí, ¡en moto!; una verbena de dolores se suceden ante mis párpados.
De nuevo, el ritual. En dos días me he abierto de piernas delante de cinco hombres diferentes, y ninguno es el mío. El doctor sonríe: “Tranquila no es para tanto, puedes esperar”.
¡Cómo no!, ¡me ha nacido un pene bartoliano de un día para otro y puedo esperar a que usted termine de cenar!
Me dan una habitación. ¡Menos mal!
Así ya nadie seguirá mirándome e imaginando cosas que no he hecho.
Mis hijas reclaman la asistencia de su padre. Me quedo sola, hasta la hora de entrar en quirófano.
Irónico. Mismo hospital, distinta compañía. Recuerdo cada segundo y cada detalle de aquel día; cinco años atrás estaba esperando una cirugía diferente. Media familia en plan clan gitano haciendo de compañía (a ellos mismos); eliminando parte de la magia de ser padres. Y hoy, ahora, aquí, en esta habitación me encuentro llorando; sola. Yo, y el bartolo de mi dolor. Obvio, mi hermana trabaja, el otro también, aquél no sabe nada … Hoy solo soy un útero kinder vacío, sin sorpresa. A nadie intereso. Salvo a mi nuevo amigo; ese bartolo que me está jodiendo en toda la extensión de la palabra.
Suena el móvil: ¡Gracias al cielo!, alguien se acuerda de mí, y me da palique. Lo que sea, que me cuenten y me hablen de lo que sea. Todo, porque cese este dolor.

3 comentarios:

huir dijo...

igual con unas palabras de cariño aquí algo consigo

Voltios dijo...

bonito eva, gracias

Roberto Arévalo dijo...

Siento no haber estado ahí, el mensaje lo leí cuando pocos trenes quedaban para recorrer la distancia que nos separa... ahora, menudo tine eso de que te lleven en moto con tu bartolo. Al menos espero que tu pequeño disfrutara del viaje :p besos y mejorate, o que se mejore él (Y ahora me acuerdo de tu hombre y del tiempo que va a estar sin.. ejem) xD

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